lunes, 6 de agosto de 2012

Lo nuestro duró...


No quiero ser maravillosa, ni si quiera rozar la perfección, en primer lugar por que dudo que exista.
             No seré ni diosa, ni guerrera, ni salvaje, ni hechicera.
            Seré quién el mundo quiso que fuera, me abandono tan sólo a mi lucha por ser quien quiero ser y me siento como me forjaron, los años.
            Marco mi propio camino, y encuentro por sendas, mil y una experiencias nuevas que cambian mis planes y expectativas.
             Sabes cuando comienzan las historias, pero nunca cuando terminan…aunque puedes terminarlas cuando quieras.
            En esa tesitura me encuentro, si termino alguna historia, que más tarde no puedo retomar, me siento angustiada, pero siempre hago las cosas tan segura, que no hay motivo ni lugar para la duda.
            Esperar… no es mi estilo, sin embargo hablar nítido, claro, y alto muy alto para que ningún detalle del parlamento pueda ensuciarse, si.

Aquel día tenía turno de tarde. Él aún dormía junto a mi por algún motivo que por el tiempo transcurrido ya no logro recordar.
Habían pasados días horribles, de distancias marcadas y de silencios rotos solo por pasos. Ninguno de los dos se atrevía a dirigirse al otro sin pensar bien que iba decir. Su mirada era esquiva, y las pocas veces que levantaba el rostro para enfrentarme, no hacía más que empeorar la situación.
Había miedo en sus gestos, había cautela. Había desaparecido la naturalidad que nos acompañó durante casi tres años. Las medidas de todo y de nada en una convivencia que se hacía dura y fría.
Nadie ajeno a nuestras cuatro paredes podía entender bien, por que de un día a otro, cae un castillo construido con la más exquisita delicadeza y dónde las piezas siempre encajaron por si solas, bañados sus muros más que por sonrisas.
Me incorporé, añoré salir de la envoltura de su abrazo donde solía enroscarme para sucumbir al sueño, y me dirigí al baño.
Frente a mi, un espejo, el mejor y el peor de los amigos. Cuando miré mi reflejo en éste supe que no podía más. Supe que si no era él quien tomaba la decisión sería yo misma. Necesité huir en aquel mismo instante, y volví en si con los ojos bañados en lágrimas.

Se sabe. Sentí que la historia había acabado. Querer a alguien también tiene tonalidades. Podríamos ser ya, los mejores amigos del mundo, pero nada más. El ya no movía mi ficha, y yo quizás dentro de él ni si quiera era jugadora en su partida.

Admitir que has dejado de amar pero que sigues queriendo puede sonar algo antagónico. Pero cuando lo sientes es tan fácil de entender que os parecería hasta estúpido plantearlo. Cuesta despedirse de momentos dulces, pero mejor dejarlos en la satisfacción del azúcar, a trasladarlos al más amargo de los sabores.

Sonreí. Aún con lágrimas sonreí. Y fue entonces cuando me reconocí en el reflejo.
Aquella misma tarde, lo miré a los ojos y le pedí que emprendiese su camino.

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